Los Signos: Un viaje a través de la semiótica

Karol Martínez, Juan Camilo Carrillo, Daniel Felipe Ramírez*

Abordando variados temas de la profesión médica desde el siglo XVIII, Los signos se adentra en narrar, explicar y comparar los cambios ocurridos antes, durante y después de la modernidad, a través del estudio de las diversas maneras en que los galenos construyeron y relataron los casos clínicos.

El libro empieza por aterrizar al lector entre los siglos XIX y XX, con una introducción que explica las particularidades del saber médico de entonces, ilustrándolo con ejemplos de terapias que años después podrían ser consideradas como contraproducentes, para a continuación comenzar a mostrar cómo la medicina fue cambiando a lo largo del tiempo.

Entablado en las bases del siglo XIX, el relato, la observación y la examinación de los fluidos corporales, eran más que suficientes para lograr identificar la naturaleza de la enfermedad. Además el tacto íntimo y la desnudez tenían que ser mínimos, pues, aunque el tacto del cuerpo era fundamental, socialmente era mal visto. En el relato el médico escuchaba atentamente al paciente, buscando meticulosamente la subjetividad de los síntomas expuestos. Este proceso se confrontaba con el problema de que tanto en el relato como en la observación de signos siempre existiría una discrepancia del lenguaje del paciente con el de la perspectiva médica, que a su vez iría variando con el tiempo y los lugares de práctica de la medicina. Los signos establecidos por el médico serían utilizados durante el siglo XIX, especialmente para establecer un pronóstico (y no un diagnóstico) en el paciente,

En este mismo periodo, el paciente clínico pasa de ser un sujeto a un objeto de la ciencia, pues en él se estudia: “es medible, desvestible, golpeable, escuchable y tocable”, aquí no hay negación para la mirada del médico y por primera vez, ocurre un fenómeno que antes del siglo XIX no era aplicable, que los datos semióticos serán cada vez más cuantitativos y no simplemente cualitativos. Las escuelas de medicina, especialmente francesas, interpretan la enfermedad como un hallazgo puramente anatómico. No obstante, con esta visión cada vez más racionalista, desaparece la cualidad de la compasión que, en su ausencia, va a fomentar la promoción de experimentos sin ninguna índole ética.

Ahora bien, en la evolución de la relación médico-paciente, a partir de herramientas como lo fueron la inspección, auscultación, percusión, palpación y tocamiento se construyó un nuevo concepto de diagnóstico. El médico de la época se limitaba ya no solamente a lo visible sino a lo que podría estar ocurriendo al interior del cuerpo humano y, apoyándose en herramientas vitales como los sentidos (la vista y el olfato), se fue formando una concepción de éste como artista capaz de descifrar y clasificar un grupo de signos para liberar a su paciente de la opresión de la enfermedad, valiéndose de su perspicacia e imaginación y, sobretodo, centrándose en su cercanía como destreza principal.

En un contexto en el que el médico tiene un talento para discernir entre un grupo confuso de signos que debe seguir como pistas consecutivas, se desenvuelven un conjunto de técnicas de impresiones sensoriales para construir un conocimiento, partiendo de la relación entre los mismos y su concordancia entre sí. Así, se plantea el desafío de integrar esto para realizar un diagnóstico y se hace evidente cómo mientras médicos como Laennec tenían habilidad para percibir y describir sonidos, otros se valían exclusivamente del olfato, con lo cual, se pasa a discutir la objetividad de los sentidos. Por ejemplo el olfato, una herramienta válida pero discutida pues podía ser perceptible o no, era difícil de sistematizar en el diagnóstico, y además implicaba mucha intimidad y contacto con los fluidos de forma primitiva, a pesar de lo cual fue un método bien acogido. Por otro lado, la vista, caracterizada como el sentido propio de la modernidad, privilegiada por el resto de sentidos por su objetividad y precisión, y cuya importancia se sustenta en la capacidad de abstracción que le otorga al médico en la práctica. Además, podía percibir el estado estructural del cuerpo, y en cooperación con el resto de sentidos, incrementaba la agudeza diagnóstica.

Ahora bien, en su último capítulo el libro nos transporta al origen del examen clínico, donde el médico entre los siglos XIX y XX daba valor semiológico a cada una de las manifestaciones del cuerpo, argumentando que la misma enfermedad se podía valorar desde el ser exterior del propio paciente. Es así como la medicina se apoya en la fisonomía, como una ciencia accesoria cuya tesis sostenía que el rostro es la ventana del alma. Se podían explorar características de lo que tenía lugar al interior del cuerpo, cada tipo de enfermedad creaba unas fascies típicas (detalles que explicaba la patonómica) e incluso, era posible vislumbrar rasgos de personalidad, cualidades y el carácter de las personas, todo esto simplemente observando cuidadosamente la cara. Esta forma de conocimiento fue tildada de racista y sexista, debido a su carácter determinista el cual daba pie a que se clasificara en grupos a los individuos.

También eran importantes la constitución y el tipo. La constitución, establecía ciertos prototipos del aspecto del cuerpo sano o en enfermedad, existiendo así, distintos tipos como la tísica, la asténica y la nerviosa, etc. A manera de opinión, un punto interesante del libro es la relación que hace de este concepto con los paradigmas de belleza. Igualmente, el concepto de tipo se apoyaba en la antropología física de finales del siglo XIX, centrándose en la forma del cuerpo, particularmente en el esqueleto y el cráneo y sus porciones, pero esto no era más que un aspecto o una derivación de la misma medicina de constitución.

En forma de reflexión, el libro brinda una perspectiva profunda de los cambios durante los siglos XVIII a XX que fueron necesarios para entender la constitución de las relaciones más primitivas que dieron lugar a hechos y conceptos que forman históricamente definiciones fundamentales en el estudio semiológico. Asimismo tuvo la capacidad de evocar al público médico cuál fue la magnitud del impacto de diferentes actores en el comportamiento y la ética de la profesión médica. No obstante, es de admitir que se limita solamente a analizar la medicina moderna y no compararla con la contemporánea.

A manera de conclusión, este libro retrata los cambios que se vivieron en los siglos XVIII, XIX y XX, ilustrando los paradigmas históricos que construyeron varios de los conceptos modernos que implican la relación médico-paciente. Adicionalmente describe a partir de un relato detallado la construcción de herramientas como la semiología y sus derivaciones teniendo en cuenta el contexto sociocultural a través del tiempo.

Notas

* Esta reseña (del libro Johannisson K. Los signos: El médico y el arte de la lectura del cuerpo. Barcelona: Melusina, 2006), fue realizada en el contexto del curso Sociohumanismo I (4° semestre Medicina, Universidad del Rosario) en marzo de 2017.

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