Los signos: Una mirada social y de género a la relación médico-paciente

Lorenzo Castillo, María del Pilar Devis*

Karin Johannisson fue profesora de historia de las ideas en la Universidad de Uppsala, especializada en la historia médica con perspectiva de género. Su libro Los signos refleja su trabajo y busca identificar las características principales del examen médico y la evolución de esta práctica acorde a dinámicas sociales y culturales que han cambiado con el tiempo entre los siglos XIX y XX.

Previamente a la modernidad, el examen médico se basa en el relato, en el que el médico era intérprete de las sensaciones expresadas por el paciente. El relato da a entender los síntomas, los cuales se conjugan con signos observables que definirán la enfermedad. Esta relación evolucionará posteriormente hacia un concepto clínico, con la implementación de hospitales, un espacio donde se dio cabida para un examen físico más sofisticado y de manera conectada una construcción de signos más elaborada.

La institucionalización de la práctica médica en el hospital resulta en un saber más científico y técnico al agrupar a las personas por enfermedades, logrando así identificar patrones o características similares o que diferencian una enfermedad de otra. En este nuevo espacio clínico se hace necesario formalizar prácticas que le servirán al médico para racionalizar el diagnóstico de una forma objetiva. El cuerpo enfermo, ahora a disposición del médico (pues dispone de un gran número de pacientes “cautivos” debido a su condición social), será el objeto de estudio que hace evidente la necesidad de prácticas estandarizadas como la metódica toma del pulso y sus interpretaciones.

El hospital también permite que los médicos aprendan más, ya que ven más pacientes y se asienta el aprendizaje. Éste es posible por la transmisión del conocimiento de modo jerárquico, lo que significaba que los estudiantes aprendían de los médicos más experimentados y, a su parecer, con mejor mirada clínica. El cuerpo del paciente se objetivizó. Sin embargo, el médico sigue teniendo una barrera sociocultural que lo estimula a buscar nuevos métodos para acercarse respetuosamente, pero manteniendo la efectividad del uso de los sentidos.

En la relación médico-paciente, el médico, además de usar su cuerpo como una herramienta para identificar signos, debe usarlo para transmitir sentimientos de confianza. Se define el ideal del clínico con atributos como el decoro, la técnica, el respeto, la empatía, la experiencia, el autocontrol y el manejo de su físico. Con estos atributos se busca formar un médico balanceado entre su parte humana y sensible y su parte científica y experimentada.

Basado en una buena relación con las características ya mencionadas, el médico puede proceder a utilizar su fortaleza, el examen físico. Éste le va a dar la oportunidad de evaluar el interior del cuerpo del paciente y así lograr definir la causa directa de una sintomatología específica. Se nombran entonces, el gusto, el tacto, el olfato, la vista, la percusión, la auscultación y la palpación como medios de contacto con lo más profundo del cuerpo tratado. Hubo barreras en su uso (como lo era descubrir el pecho desnudo de la mujer) pero algunas fueron superadas mientras se iba demostrando su utilidad por medio de resultados diagnósticos. Son prácticas útiles hasta el día de hoy, no hay nada más evidente que el aliento a fruta madura de un diabético o el sonido agudo de la voz en la auscultación de una neumonía. Y estos conocimientos son reproducibles en el tiempo gracias a la experiencia, así como la documentación fotográfica natural del rostro que da la enfermedad y la relación cambiante cuerpo/enfermedad.

Después de recorrer el contenido del libro, es importante resaltar y profundizar en ciertos aspectos que marcaron su lectura. En primer lugar, se evidencia un enfoque de género, el cuál no se hace evidente en los párrafos anteriores, pero hace parte crucial del libro en todos los temas que expone. En la relación médico-paciente, el médico es hombre y la paciente casi siempre es mujer. De ahí surgen todos los problemas que se exponen como obstáculos en la evaluación física, ya que el contacto físico con una mujer podía ser malinterpretado como algo sexual relacionado con la exposición de su cuerpo. Una mirada que se desliza, un toque por más tiempo de lo necesario, un silencio incómodo prolongado o incluso ruborizarse podían ser signos de falta de autocontrol y deseos más allá de lo estrictamente profesional por parte del médico.

Este trayecto, que no termina siendo tan cronológico sino anecdótico, da una mirada amplia sobre cómo ha llegado a ser la relación entre el paciente generalmente enfermo y el médico terapeuta. Sin embargo, esta mirada social y humanística proporcionada por la autora no se queda para términos plenamente históricos y académicos. Lleva una carga implícita sobre las altas demandas emocionales y físicas que conlleva esta relación, problemática por definición. El médico debe cumplir con unos estándares y unos ideales de capacidad moral, intelectual, física y ética de un equilibrio armónico y elevado. Casi como una deidad, que tiene impulsos emocionales, sexuales y demás, pero que debe frenar y callar en todo momento para ser considerado prolijo. Y el paciente, en un proceso de volverse un objeto con características objetivas en pro de la medicina y la ciencia, termina perdiendo la dignidad y ve sus derechos vulnerados frecuentemente. Entonces pareciera que es una relación en la cual ambas partes se ven afectadas, y necesitan mecanismos de acople a estos eventos. Sufren una deshumanización conjunta, y por esto el médico se debe volver cínico, alejado e impaciente, mientras que el paciente recurre a pedir esfuerzos sobrehumanos y obras casi milagrosas. Pero en el seno de esta relación simbiótica es que la medicina logra avanzar, e incluso si parece tortuosa y peligrosa, es donde se fundamenta el conocimiento médico que da razón de ser a los profesionales de la salud y logra aliviar padecimientos desgarradores que sufren los pacientes.

Para concluir, Los signos de Johannisson, consigue ofrecer una mirada más visceral, social, emocional y sincera de una parte de la historia de la medicina visitada de manera poco frecuente. El libro muestra una riqueza narrativa y analítica notable al utilizar herramientas como la ejemplificación, la documentación fotográfica y cortos pedazos narrativos que logran ilustrar y dar una visión más práctica a sus objetivos de la evolución del examen médico donde se amalgaman factores sociales, científicos y físicos. Es un trabajo bien logrado, con un brochazo de la realidad de género en la historia de la medicina relevante, pero que en ciertos pasajes se puede volver repetitivo o tedioso para el lector inexperto.

Notas

* Esta reseña (de Johannisson K. Los signos: El médico y el arte de la lectura del cuerpo. Barcelona: Melusina; 2006) fue realizada en el contexto del curso Sociohumanismo I (4° semestre Medicina, Universidad del Rosario) en marzo de 2017.

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